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I n t e r c e s i ó n

"...que se unan conmigo en esta lucha y que oren a Dios por mí." 

 

Romanos 15:30 NVI

En 1 Pedro 2:9, leemos: “Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.” La fuerza mediadora de nuestra posición es notable. Esto es lo que el Señor espera que hagamos en su nombre: que seamos canales adecuados de su gracia y amor.

No es suficiente que tengamos la fe necesaria para asegurarnos bendiciones para nosotros mismos a través de la oración. Esto debe ser tan sólo el medio para equiparnos mejor para orar por otros. Con el privilegio de acercarnos a Dios con nuestras propias peticiones está ligado inseparablemente el deber de orar por otros. La oración de Job por sí mismo no fue respondida hasta que él oró también por sus amigos. Fue “después de haber orado Job por sus amigos, que el Señor lo hizo prosperar de nuevo y le dio dos veces más de lo que antes tenía” (Job 42:10).

 

 

Creyentes-sacerdotes

Esta es la manera en que podemos trabajar junto con Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote. Como tal, él es el mediador e intercesor por excelencia. El “vive siempre para interceder” por nosotros (He. 7:25). De allí que, al haber sido salvos por medio de él, nosotros compartimos con él su ministerio de intercesión. Todo hijo o hija de Dios, nacido de nuevo, pertenece a este sacerdocio menor, el sacerdocio universal de todos los creyentes. La intercesión es parte de la herencia y el derecho real de todo creyente, incluso si es ignorante de este privilegio o se muestra indolente o indiferente hacia sus responsabilidades.